“Mens
Agitat Molem”
Fue un callar amargo en
medio del crepitar de llamados distantes.
El silencio no surgió
de un capricho sino de una necesidad; fue un tiempo
de aprendizaje, un concienciar el hilo invisible, que
zurce la vida y descose la muerte; un mutismo de lágrimas
y aceptaciones, un compartir sentimientos, una puesta
a prueba de doctrinas y creencias.
Nos dedicamos a la sosegada
construcción de prioridades, para reconocer el
presente y comprender las ausencias… para plantarnos
hoy, otra vez como acostumbrábamos, pero con
más edad y una palabra pura que lanzamos a través
de la negación de sonidos… para que penetre
en el espacio de la conciencia.
“Mens Agitat Molem”
una vez más.
El canto de las
sirenas
Cuando se nos presentan
las dificultades ¿Qué hace que busquemos
las causas en los lugares equivocados y que eternicemos
los errores deslazando responsabilidades?
Desde los orígenes
del tiempo en el espacio del mundo, las sirenas nos
han embaucado con mensajes ficticios… devenidos
en consejos publicitarios y pareceres de lógica
dudosa. La miseria y la mediocridad se siguen arrastrando
con su vaho pestilente… porque las causas que
la originan se enredan en pasados negados y ocultos.
Quizás se pregunten,
entonces… ¿Para qué emitir un sonido,
si la sordera se adueña de las razones? Y la
respuesta es simple: porque es nuestro deber. Como libre
pensadores tenemos la obligación de emitir la
nota que desarme el estereotipo mediocratizador. Tratar
de insuflarle dimensión a la comprensión
y compasión al olvido.
Cuando las palabras nos
aturden, y las sirenas se encaraman al oído…
debemos recurrir a la sabiduría del mutismo.
Sólo desde allí se puede distinguir el
sonido real, el que se modula con una armonía
indescifrable desde los siglos de los siglos…
hacia el fin del principio de lo mismo.
“Me encontré
con un viajero de un antiguo país
que dijo: dos grandes piernas de piedra sin tronco
están en el desierto… junto a ellas en
la arena,
medio hundido yace un rostro roto, cuyo ceño
y su fruncido labio y su fría expresión
revelan que su escritor entendió bien las pasiones
que aun perviven grabadas en la piedra muerta.
La mano que las desafió y el corazón que
alimentaron
Y en el pedestal se leen estas palabras:
‘mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
contempla mi obra, oh poderoso, y desespera’
Nada permanece. Alrededor de la decadencia
De este colosal naufragio, desnuda y sin fin
Las solitarias y llanas arenas se extienden a lo lejos.”
(Ozymandias, de Percy B. Shelley)
Así de patéticas
son las grandilocuencias de la materia; bizarros retazos
de magnificencia humana, que se desvanecen en la noche
de la historia. “Pobres de nosotros que llevamos
el alma vestida”, que pretendemos perpetuar lo
imperpetuable y desdeñamos lo que subsiste.
La vida, es el don más
preciado que nos han otorgado en custodia, y es importante
que en algún lugar del camino irremediable hacia
la evaporación física, recordemos que
vivir no es subsistir, ni durar… sino esparcir
la luz interior al mundo exterior… hacer que “el
espíritu sea quien guíe a la materia”,
una vez más. |