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El inicio de un año trae bajo el brazo la reflexión
y la esperanza, la reflexión de los sucesos que
fueron hilvanando nuestro destino, la esperanza de que
se solucionen los problemas actuales. Sin embargo, la
infantil ilusión aquella de “año
nuevo, vida nueva” parece mermar conforme pasan
los días. Como si el cordón que uniera
la vida con el deseo se cortara, y la existencia tuviera
que empezar a alimentarse sólo succionando del
deseo de vez en cuando ¿No es así acaso?
Guardamos la secreta ilusión de que al tocar
las doce campanadas, al comer las doce uvas, al brindar
y recibir al nuevo año todo empiece en foja cero,
y podamos tener la iluminada conciencia de dejar de
cometer una y otra vez los mismos errores. Pero nos
desilucionamos al comprobar que la existencia siguió
su curso sin importarle el reloj, y la conciencia no
es tan permanente como deseabamos.
A veces uno espera cosas
espectaculares de la vida, uno pretende hacer la diferencia,
distinguirse entre la masa de cuerpos y mentes que pueblan
este lugar de paso llamado Tierra. Uno espera, y quien
espera a la larga desespera…
Si nos preguntaramos ¿qué
haría la diferencia? Deberíamos ser cuidadosos
al responder; ya que en un mundo como el de hoy –traspasado
por el absurdo- podrían ser cosas muy distintas.
Para no pecar de injustos deberíamos tener en
claro la escala de valores del sujeto, porque es en
base a este parametro que él proyecta sus anhelos.
Si bien es cierto que la tendencia socialmente aceptada
se vincula con el aspecto contable, es el sujeto individual
quien elige sus sueños –o elige soñar
el sueño de los otros-. Veamos, un sujeto podría
soñar con ser millonario: tener, tener todo cuanto
se le ocurra, sin limites de gastos; otro podría
preferir ser famoso, y es siempre prudente aclarar que
fama y dinero no vienen necesariamente juntos -uno puede
ser famoso por las razones equivocadas, pero al caso
es igual-; otro preferiría ser una eminencia,
lo cual no implica ser famoso, pero al menos sí
reconocido y respetado en el ámbito de un conocimiento
particular; otro soñaría con inventar
algo revolucionario, eso podría traer fama y
dinero… aunque no necesariamente. Otro se imagina
un vocero de los sin voz, lo cual seguramente no involucraría
nada de dinero y nada de fama, pero lo haría
querible dentro del ámbito de los que defiende;
y quizas otro, preferiría ser feliz formando
una familia inquebrantable y comiendo asado los domingos.
A estas alturas quizá
se estén preguntando ¿qué tiene
esto que ver con algo? Pues bien, el planteo lo realizo
para explicitar lo que a la larga o a la corta nos hace
odiar nuestra vida.
Desde niños solemos
tener idolos o héroes, ejemplos a imitar…
conforme vamos creciendo alimentamos la idea de ser
los que haremos la diferencia en el mundo. ¿Y
esto por qué? Simple, nos hemos quedado detenidos
en el pensamiento narcisista de la infancia, nuestro
cuerpo ha crecido, quizas nuestra mente también…
pero nuestra emoción se ha quedado detenida en
un estado de deseo que a algunos más, a otros
menos, nos impiden madurar emocionalmente.
¿Que
quisiéramos?
Ser modelo, pero para ello
hay que poner en práctica el arte de comer poco;
ser deportista, pero para eso hay que ejercitar el cuerpo;
ser cantante, pero para ello hay que ejercitar la voz;
ser intelectual, pero para eso hay que ejercitar la
mente; ser bailarina, pero para ello hay que poseer
gracia y aprender técnicas; ser millonario, pero
para eso hay que desarrollar el arte de la especulación
y tener contactos; ser el alma de las fiestas, pero
para eso hay que ejercitar el ingenio. Y asi cada deseo.
Si somos lo suficientemente
constantes, quizas logremos nuestra meta, pero para
destacarse de entre los deportistas, modelos, intelectuales,
bailarines, millonarios, etc. hay que tener algo simple
y natural… hay que tener “ángel”.
Es decir que esforzarnos en alcanzar un status social
o personal a veces nos lleva a desilucionarnos y sentirnos
unos fracasados.
El asunto es… ¿somos
realmente unos fracasados? En el caso de responder afirmativamente
deberíamos contestar la siguiente pregunta: ¿según
quién?
El
círculo del eterno fracaso
Haber tenido mil relaciones
y no habernos podido involucrar en ninguna, Haber tenido
sólo una y haberse involucrado tanto que –al
acabar-- creemos que nunca encontraremos la felicidad
nuevamente; habernos divorciado; habernos casados con
alguien que no amamos; no haber estudiado, haber estudiado
y no haber podido terminar, haber terminado y no haber
podido ejercer; ejercer. pero no ser feliz. Haber dejado
escapar al amor de nuestra vida, no haberlo encontrado
nunca. Tener hijos que nos sacan de quicio, no tener
hijos, tener hijos que no nos tienen en cuenta, tener
hijos maravillosos pero no tener una pareja. No habernos
casado por capricho, habernos casado por capricho…
trabajar en algo que odiamos, no trabajar, trabajar
mucho y que nadie nos reconozca el esfuerzo… ¿es
fracasar?
Siempre hay razones para
que nos sintamos unos fracasados -¿se dan cuenta?-,
razones para ser infelices.
Porque no tenemos algo
y lo queremos, porque tenemos algo que no queremos,
porque tenemos algo que queremos pero quisieramos tener
también otra cosa… la sensación
de fracaso nos acosa por toda dirección a la
que nos dirijamos. ¿Se han preguntado por qué?
Muchas veces se ha hablado
de los mandatos paternos (“tenes que ser asi”,
“no tenes que ser asi”, “haceme feliz”,
“haceme infeliz”)… pero poco se ha
reflexionado sobre los propios mandatos del sujeto:
fue un día –a los 6 años- que decidió
que para cuando tuviera 25 estaría casado y con
dos hijos… ahora tiene 30, y una depresión
inexplicable… pero sigue soltero. Un día
cuando presenciaba una pelea de los padres se prometió
que nunca se iba a enamorar, ahora que está enamorada
lo único que repica fuerte en su cabeza es “huir,
huir”… en unos años, cuando esté
sola por elección, lo que va a repicar es “por
qué, por qué”. Y así con
cada cosa de nuestra vida.
El mecanismo que nos impulsa
a buscar siempre lo que no tenemos, o a querer cumplir
mandatos que nosotros mismos nos hemos fijado en algún
tiempo de vida, lejos de perseguir la felicidad nos
lleva a formar parte del espiral descendente de sentimientos
de pequeñez, culpabilidad, tristeza y desasosiego.
Es el mismo mecanismo que paraliza la acción
por miedo al fracaso… miedo que por otra parte
es engañoso, porque nos dirige a la mayor frustración
de todas: no vivir.
Sólo puede desengañarse
quien es humano, por eso sentimos panico al desengaño,
sentimos terror que algo nos recuerde que no somos perfectos,
que no somos tan maravillosos como imaginábamos,
que no somos el centro del universo
Mientras tanto nuestra
vida se nos antoja algo que va a pasar en cualquier
momento, mientras que en verdad es este instante, más
el siguiente, más el proximo. La vida no es un
cuento, es una suma de momentos sin introducción,
sin nudo ni descenlace y quizas sea tiempo de abandonar
los juegos de especulación o inercia que nos
hace perdernos los mejores momentos de nuestro existir.
Momentos pequeños, llenos de significados pero
sin musica de fondo, sin iluminación especifica
o rotación de cámaras. Momentos que a
veces nos hastían por cotidianos y luego extrañamos
por ausentes. Momentos que anticipan a otros momentos
inmensamente mejores, pero que sin ellos los otros serían
imposibles. El aroma del café por la mañana,
el ruido de la lluvia sobre la acera, la brisa que acuna
al árbol, el trinar de un pájaro bajo
el alero, el palpitar de mi propio corazón…
eso es la vida.
Haciendo
la diferencia en el absurdo
Quizas el mayor triunfo
de la vida no es hacer la diferencia resaltando en deportes,
ciencias o humanidades, quizas, el mayor triunfo de
todos sea aprender a disfrutar de nosotros mismos y
quienes nos rodean –llámense circunstancias,
amigos, pareja, familia, oportunidades-, valorar esos
momentos de compañía o soledad, apreciar
las cosas desapegándolas del deseo de otras.
Quizas el mayor triunfo de nuestra vida es querernos
como somos, cultivar la certeza de que nos van a querer
igual aunque nos equivoquemos, aunque no seamos perfectos.
Ser concientes que la vida implica tomar -a veces- caminos
equivocados y tener la suficiente madurez emocional
para detenernos, aceptar errores y comenzar de nuevo.
Que la diferencia la podemos
hacer descubriendo y liberándonos de los mandatos
externos o internos que nos esclavizan al sufrimiento.
Mis amigos, la diferencia podría ser no esperar
que las personas se conviertan en medios para alcanzar
nuestros caprichos, sino en fines amables por sí
mismos.
El único que hace
la diferencia es quien es feliz, y es feliz quien no
teme fracasar en su intento de vivir y se acepta tal
cual es. Todo lo demás son circunstancias. |