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Querido
lector: si hasta ahora pensaste que soy un perro simple
(o un simple perro), estás equivocado...
Un simple perro contaría historias
de sus amos o por lo menos, de algo que vio, pero, como
ya te dije, no es mi caso. Es que... sabés?... soy
un perro que piensa!... que imagina... que sueña..!
Habrás visto que, muchas veces, los
perros parecemos dormitar sentados, con los ojos cerrados,
la cabeza en alto y oliendo algo... bueno... ahí
es cuando pensamos... algunos, claro, porque al igual que
ustedes humanos, hay perros pensantes y perros que no saben
hacerlo.
Hay perros que son sólo para la foto...
con un físico espectacular y un pelo para envidiar...
y hay otros que, más modestos en su apariencia, tenemos
algo más en el interior... pero creo que eso también
pasa entre los humanos ¿no?.
Bueno, el caso es que lo que les quiero
contar es un mito (aunque algunos le llamen leyenda) y es
un mito que, cuando me lo contaron, inmediatamente quise
formar parte de él. Así que soñando
en esas tardecitas de primavera, me imaginé formando
parte de esa fantasía tal como se los referiré
ahora.
El tiempo es irreal, como todo mito....
podríamos aventurarnos a ubicarlo en el siglo XIII
o XIV
quizás antes.
El lugar es concreto: la gran laguna de
Ansenuza, dominio de la diosa del mismo nombre y ubicada
en el noreste de la provincia de Córdoba, República
Argentina. (ustedes, los humanos, quisieron cambiarle el
nombre y por eso figura en los mapas como Mar Chiquita)
La diosa Ansenuza reinaba soberana sobre
ese ámbito y sus súbditos humanos, formaban
parte de la etnia sanavirona. La laguna (la gran laguna)
era mansa y de dulces aguas y Ansenuza reinaba en un palacio
de cristal que había en ella. Era mala la diosa...
egoísta... Sólo la volvía propicia
el primer amor de los mancebos.
Yo me encontraba en la costa, sobre la arena
y en esa situación de ensueño canino
de la que les hablé, cuando vi llegar, trastabillando
y malherido, a un joven y hermoso príncipe sanavirón...
Cayó exhausto cerca de donde estaba
y parecía a punto de morir, cuando Ansenuza hizo
su aparición. Se arrodilló junto al joven
y este le sonrió tristemente, como lamentando no
poder vivir para amarla.
Vi, o más que ver intuí, que
la diosa había sido conmovida
que la magia
del amor había penetrado su alma pero que al mismo
tiempo, la desesperación le mostraba que no podría
amar ni ser amada por aquel príncipe moribundo.
Ansenuza lloró... y con ella lloró
el cielo. Una tormenta se desató y la lluvia se mezcló
con sus lágrimas. Truenos y relámpagos sacudieron
a la gran laguna durante un día y una noche.
Al despertar el nuevo día, el príncipe
despertó de su letargo y vio con asombro que sus
heridas habían sanado y que la gran laguna se había
transformado. La playa era ahora blanca de sal y las aguas
de la laguna eran turbias y salobres
como las lágrimas
de Ansenuza. Siguiendo un instintivo mandato, el príncipe
comenzó a avanzar entre las aguas, quizás
buscando a Ansenuza, en su palacio de cristal.
Pronto se dio cuenta que no necesitaba nadar...
sentía que las mismas manos que lo acariciaron durante
su agonía, lo sostenían ahora y lo llevaban
cada vez más adentro.
Fue desapareciendo de mi vista, hasta que
el primer rayo rosado del sol, tocándolo, lo transformó
en un ave grácil y rosada... había nacido
el flamenco, guardián eterno del amor de Ansenuza
y permanente habitante de sus aguas.
Su color recordaba el del amanecer... se
alimentaría de lo que Ansenuza le brindara y nunca
más sufriría el dolor de ser hombre. Quizá
en un rapto de arrepentimiento por su anterior egoísmo,
Ansenuza cambio la geografía y el paisaje de la gran
laguna y principalmente sus aguas, que desde aquel momento,
se convirtieron en balsámicas y curativas y así
por siglos, los indígenas recurrieron a ella en busca
de alivio a heridas y dolores.
Todo esto imaginé vivir... sentado
allí, como les dije, en la playa de la gran laguna.
Fui un mero observador, pero me considero privilegiado por
haber presenciado la transformación de la diosa,
de la laguna y del príncipe indígena.
Si alguno de ustedes pasa algún día
por este simpático lugar... y ve algún perro
dormitando sentado en la playa... créanme... es probable
que sea yo.
Abandonen por un instante los pensamientos
concretos y científicos que abundan en
vuestra raza y dejen volar un poquito la imaginación...
es un ejercicio recomendable.
Hasta la próxima!!!
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