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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

En esta sección...
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Camila O'Gorman: una triste historia de amor
Ansenuza: la diosa que se enamoró
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Un perro en la guerra fría

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Desde julio 2004

 

 



Ansenuza: La diosa que se enamoró por: Prof. Jorge Bezzi

Querido lector: si hasta ahora pensaste que soy un perro simple (o un simple perro), estás equivocado...

Un simple perro contaría historias de sus amos o por lo menos, de algo que vio, pero, como ya te dije, no es mi caso. Es que... sabés?... soy un perro que piensa!... que imagina... que sueña..!

Habrás visto que, muchas veces, los perros parecemos dormitar sentados, con los ojos cerrados, la cabeza en alto y oliendo algo... bueno... ahí es cuando pensamos... algunos, claro, porque al igual que ustedes humanos, hay perros pensantes y perros que no saben hacerlo.

Hay perros que son sólo para la foto... con un físico espectacular y un pelo para envidiar... y hay otros que, más modestos en su apariencia, tenemos algo más en el interior... pero creo que eso también pasa entre los humanos ¿no?.

Bueno, el caso es que lo que les quiero contar es un mito (aunque algunos le llamen leyenda) y es un mito que, cuando me lo contaron, inmediatamente quise formar parte de él. Así que soñando en esas tardecitas de primavera, me imaginé formando parte de esa fantasía tal como se los referiré ahora.

El tiempo es irreal, como todo mito.... podríamos aventurarnos a ubicarlo en el siglo XIII o XIV… quizás antes.

El lugar es concreto: la gran laguna de Ansenuza, dominio de la diosa del mismo nombre y ubicada en el noreste de la provincia de Córdoba, República Argentina. (ustedes, los humanos, quisieron cambiarle el nombre y por eso figura en los mapas como Mar Chiquita)

La diosa Ansenuza reinaba soberana sobre ese ámbito y sus súbditos humanos, formaban parte de la etnia sanavirona. La laguna (la gran laguna) era mansa y de dulces aguas y Ansenuza reinaba en un palacio de cristal que había en ella. Era mala la diosa... egoísta... Sólo la volvía propicia el primer amor de los mancebos.

Yo me encontraba en la costa, sobre la arena y en esa situación de “ensueño canino” de la que les hablé, cuando vi llegar, trastabillando y malherido, a un joven y hermoso príncipe sanavirón...

Cayó exhausto cerca de donde estaba y parecía a punto de morir, cuando Ansenuza hizo su aparición. Se arrodilló junto al joven y este le sonrió tristemente, como lamentando no poder vivir para amarla.

Vi, o más que ver intuí, que la diosa había sido conmovida… que la magia del amor había penetrado su alma pero que al mismo tiempo, la desesperación le mostraba que no podría amar ni ser amada por aquel príncipe moribundo.

Ansenuza lloró... y con ella lloró el cielo. Una tormenta se desató y la lluvia se mezcló con sus lágrimas. Truenos y relámpagos sacudieron a la gran laguna durante un día y una noche.

Al despertar el nuevo día, el príncipe despertó de su letargo y vio con asombro que sus heridas habían sanado y que la gran laguna se había transformado. La playa era ahora blanca de sal y las aguas de la laguna eran turbias y salobres… como las lágrimas de Ansenuza. Siguiendo un instintivo mandato, el príncipe comenzó a avanzar entre las aguas, quizás buscando a Ansenuza, en su palacio de cristal.

Pronto se dio cuenta que no necesitaba nadar... sentía que las mismas manos que lo acariciaron durante su agonía, lo sostenían ahora y lo llevaban cada vez más adentro.

Fue desapareciendo de mi vista, hasta que el primer rayo rosado del sol, tocándolo, lo transformó en un ave grácil y rosada... había nacido el flamenco, guardián eterno del amor de Ansenuza y permanente habitante de sus aguas.

Su color recordaba el del amanecer... se alimentaría de lo que Ansenuza le brindara y nunca más sufriría el dolor de ser hombre. Quizá en un rapto de arrepentimiento por su anterior egoísmo, Ansenuza cambio la geografía y el paisaje de la gran laguna y principalmente sus aguas, que desde aquel momento, se convirtieron en balsámicas y curativas y así por siglos, los indígenas recurrieron a ella en busca de alivio a heridas y dolores.

Todo esto imaginé vivir... sentado allí, como les dije, en la playa de la gran laguna. Fui un mero observador, pero me considero privilegiado por haber presenciado la transformación de la diosa, de la laguna y del príncipe indígena.

Si alguno de ustedes pasa algún día por este simpático lugar... y ve algún perro dormitando sentado en la playa... créanme... es probable que sea yo.

Abandonen por un instante los pensamientos “concretos y científicos” que abundan en vuestra raza y dejen volar un poquito la imaginación... es un ejercicio recomendable.

Hasta la próxima!!!

 

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