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Hay cosas que se ven de distintas maneras,
según donde esté el observador. Y en mi caso,
por ser perro y tener la altura de los perros, suelo ver
cosas que nadie ve o ver otras de distinta manera.
Les aclaro a los que recién comienzan
con estas historias, que soy un perro que ha vivido varias
vidas y muchas de ellas junto a personajes que hicieron
historia.. (bah.. todos los humanos dicen que hacen historia,
pero algunos la hacen más importante que otros).
Y contaba esto del punto de vista, porque
esta vida que narraré hoy, era la de un personaje
bajo, con lo cual, nuestros puntos de vista estaban bastante
cercanos.
Un señor bajo y fornido, de facciones
mongoloides, vestido siempre con pieles y armado hasta los
dientes. Atila era su nombre. El azote de Dios,
su apodo.
En el momento de la acción, Atila
era el rey indiscutido de un inmenso pueblo proveniente
de las estepas del Turquestan: los Hunos.
Heredó el trono de su padre Rua y
al principio lo compartió con su hermano Bleda, pero
alrededor del año 445 de nuestra era, asesinó
a su hermano y se erigió como único rey de
su pueblo.
Yo comencé a convivir con él,
desde mi nacimiento, pues mi madre, había sido su
perra preferida. Así es que hacia el 447, ya andaba
yo trotando tras sus famosos caballos de guerra.
Y al respecto les cuento que, si bien no
es cierta la leyenda que cuenta que por donde pasaban estos
caballos no volvía a crecer la hierba, sí
les aseguro que eran malísimos y siempre parecían
tener ganas de combatir.
Los guerreros hunos también. Desconocían
lo que era una vivienda estable, comían cuando podían
y llevaban a sus familias en permanente marcha
Hacia el 451, Atila se enfrentó en
una gigantesca batalla con el romano Aecio en los Campos
Cataláunicos y fue derrotado. No quieran saber las
que pasé por el malhumor que tuvo mi amo durante
varias semanas.
No estaba acostumbrado a las derrotas y
juró venganza contra los romanos, mientras maltrataba
a sus generales y trataba de cobardes a sus soldados.
Lo vi planear con mucho detalle su proxima
campaña... Fueron días en los que Atila consultó
a romanos traidores, a generales germanos y a cuanto brujo
o hechicero podía.
Yo lo seguía a todas partes y eso
a él, parecía no importarle. Así fue
que pude ver muchas cosas en esas reuniones.
Todo eso me llevaba a reflexionar sobre
lo insólito de las conductas de los humanos, que
por una bolsita de piedras doradas, traicionaban a su patria,
su familia y sus dioses.
Por fin, hacia el 452, la inmensa horda
huna comenzó a moverse rumbo a Italia. El plan era
atacar a la mismísima Roma!!!...
Saqueó las ciudades del norte y sin
que nadie pudiera detenerlo llegó a las puertas de
la gran ciudad.... su venganza amenazaba con cumplirse y
yo lo veía sonreir en silencio al atardecer, cuando,
erguido sobre su caballo, observaba en el horizonte, la
ciudad en brumas.
Como lo conocía bastante, puedo asegurar
que daba por seguro el triunfo y, lo mejor para él,
el posterior saqueo de la ciudad.
En eso se parecían más a nosotros,
los perros que a sus congéneres humanos.... Les encantaba
el saqueo y el pillaje. Los veía sonreir y hasta
reir a carcajadas mientras entraban en las viviendas y golpeaban
o mataban a sus habitantes para abrir cofres, vaciar despensas
y hurgar entre el mobiliario.
Así es que aquella vez, lo veía
observar la silueta de Roma en el horizonte y dibujar una
sonrisa maléfica en su rostro.....
Hacia media mañana del día
señalado, las tropas estaban listas e impacientes
por entrar en acción. Atila, bien afirmado sobre
su caballo ya se disponía a dar la orden de ataque
cuando una figura pequeña se vio asomar en el horizonte,
proveniente de la ciudad....
Al acercarce, pudimos observar que era una
figura blanca, montada en un animal blanco también....
Vi que una sombra de duda pasaba por el
rostro de Atila que no ordenó nada por el momento.
Al rato, la figura ya era visible: un anciano
de blanca barba y blanca vestidura, montado en una mula
también blanca, se acercaba lentamente con ánimo
de parlamentar.
Atila dio orden de no moverse y se adelantó
solo, al encuentro de aquella figura. Yo lo seguí
(siempre podemos alegar no haber entendido las ordenes!!).
Cuando ambos estuvieron frente a frente,
Atila me corrió con un ademán de su espada.
El anciano de blanco comenzó a hablar con voz suave
y yo desde lejos no podía captar el mensaje.
Después supe que aquel personaje
era el máximo jefe de los cristianos de Roma, el
Papa Leon I.
Me pareció extraño que un
jefe tuviera una figura tan frágil y desvalida. No
llevaba armas y parecía tener una luz a su alrededor.
Hablaron durante un buen rato, pero no pude
oir las palabras porque el viento era contrario.
Lo que sucedió luego, fue algo que
todavía hoy, luego de varios años, muerto
ya mi amo y yo a punto de hacerlo, no pude entender....
El Papa giró su mula y se volvió
a Roma. Atila hizo caracolear su caballo y de un galope
estuvo frente a la tropa que esperaba impaciente, y ante
el asombro de todos, ordenó el repliegue y el abandono
de la invasión.
Nadie podía creer en lo que estaba
ocurriendo. Yo miraba su rostro inescrutable tratando de
deducir algo, pero era como mirar una piedra.
El ataque se abandonó.. nos fuimos
a las praderas del noreste de Europa y al año siguiente
Atila murió mientras planeaba un ataque a Constantinopla.
Mucho tiempo seguí pensando en qué
había ocurrido en aquel momento decisivo para Roma.
Primero pensé en que el Papa le habría
amenazado con alguna condena divina, pero luego me convencí
que eso no habría bastado para hacer retroceder a
Atila.
Hoy, cercano al final de mis días,
habiendo visto mucho sobre el carácter de los humanos,
me animo a afirmar que fue aquella luz que parecía
emanar de la blanca figura, la que de alguna manera cambió
la decisión del jefe huno. Aquella luz que quizá
solamente yo, por mi punto de vista, solo pude captar.
Algo debe haberse conmovido en el espíritu
de Atila... algo debe haberlo tocado y con alguna magia
especial, cambiado su ánimo y su pensamiento.
Desde entonces, comencé a creer que
algo hay más allá de los seres que vamos y
venimos por esta tierra bendita.
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