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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

En esta sección...
La muerte de Juan Lavalle
Facundo: pasión y muerte
Puntos de vista: Atila, rey de los Hunos
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Ansenuza: la diosa que se enamoró
Conexiones ¿La historia se repite?
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María y Agustín

Un perro en la guerra fría

Contador desde 15.03.01

Desde julio 2004

 

 



Puntos de vista por: Prof. Jorge Bezzi

 

Hay cosas que se ven de distintas maneras, según donde esté el observador. Y en mi caso, por ser perro y tener la altura de los perros, suelo ver cosas que nadie ve o ver otras de distinta manera.

Les aclaro a los que recién comienzan con estas historias, que soy un perro que ha vivido varias vidas y muchas de ellas junto a personajes que hicieron historia.. (bah.. todos los humanos dicen que hacen historia, pero algunos la hacen más importante que otros).

Y contaba esto del punto de vista, porque esta vida que narraré hoy, era la de un personaje bajo, con lo cual, nuestros puntos de vista estaban bastante cercanos.

Un señor bajo y fornido, de facciones mongoloides, vestido siempre con pieles y armado hasta los dientes. Atila era su nombre. “El azote de Dios”, su apodo.

En el momento de la acción, Atila era el rey indiscutido de un inmenso pueblo proveniente de las estepas del Turquestan: los Hunos.

Heredó el trono de su padre Rua y al principio lo compartió con su hermano Bleda, pero alrededor del año 445 de nuestra era, asesinó a su hermano y se erigió como único rey de su pueblo.

Yo comencé a convivir con él, desde mi nacimiento, pues mi madre, había sido su perra preferida. Así es que hacia el 447, ya andaba yo trotando tras sus famosos caballos de guerra.

Y al respecto les cuento que, si bien no es cierta la leyenda que cuenta que por donde pasaban estos caballos no volvía a crecer la hierba, sí les aseguro que eran malísimos y siempre parecían tener ganas de combatir.

Los guerreros hunos también. Desconocían lo que era una vivienda estable, comían cuando podían y llevaban a sus familias en permanente marcha

Hacia el 451, Atila se enfrentó en una gigantesca batalla con el romano Aecio en los Campos Cataláunicos y fue derrotado. No quieran saber las que pasé por el malhumor que tuvo mi amo durante varias semanas.

No estaba acostumbrado a las derrotas y juró venganza contra los romanos, mientras maltrataba a sus generales y trataba de cobardes a sus soldados.

Lo vi planear con mucho detalle su proxima campaña... Fueron días en los que Atila consultó a romanos traidores, a generales germanos y a cuanto brujo o hechicero podía.

Yo lo seguía a todas partes y eso a él, parecía no importarle. Así fue que pude ver muchas cosas en esas reuniones.

Todo eso me llevaba a reflexionar sobre lo insólito de las conductas de los humanos, que por una bolsita de piedras doradas, traicionaban a su patria, su familia y sus dioses.

Por fin, hacia el 452, la inmensa horda huna comenzó a moverse rumbo a Italia. El plan era atacar a la mismísima Roma!!!...

Saqueó las ciudades del norte y sin que nadie pudiera detenerlo llegó a las puertas de la gran ciudad.... su venganza amenazaba con cumplirse y yo lo veía sonreir en silencio al atardecer, cuando, erguido sobre su caballo, observaba en el horizonte, la ciudad en brumas.

Como lo conocía bastante, puedo asegurar que daba por seguro el triunfo y, lo mejor para él, el posterior saqueo de la ciudad.

En eso se parecían más a nosotros, los perros que a sus congéneres humanos.... Les encantaba el saqueo y el pillaje. Los veía sonreir y hasta reir a carcajadas mientras entraban en las viviendas y golpeaban o mataban a sus habitantes para abrir cofres, vaciar despensas y hurgar entre el mobiliario.

Así es que aquella vez, lo veía observar la silueta de Roma en el horizonte y dibujar una sonrisa maléfica en su rostro.....

Hacia media mañana del día señalado, las tropas estaban listas e impacientes por entrar en acción. Atila, bien afirmado sobre su caballo ya se disponía a dar la orden de ataque cuando una figura pequeña se vio asomar en el horizonte, proveniente de la ciudad....

Al acercarce, pudimos observar que era una figura blanca, montada en un animal blanco también....

Vi que una sombra de duda pasaba por el rostro de Atila que no ordenó nada por el momento.

Al rato, la figura ya era visible: un anciano de blanca barba y blanca vestidura, montado en una mula también blanca, se acercaba lentamente con ánimo de parlamentar.

Atila dio orden de no moverse y se adelantó solo, al encuentro de aquella figura. Yo lo seguí (siempre podemos alegar no haber entendido las ordenes!!).

Cuando ambos estuvieron frente a frente, Atila me corrió con un ademán de su espada. El anciano de blanco comenzó a hablar con voz suave y yo desde lejos no podía captar el mensaje.

Después supe que aquel personaje era el máximo jefe de los cristianos de Roma, el Papa Leon I.

Me pareció extraño que un jefe tuviera una figura tan frágil y desvalida. No llevaba armas y parecía tener una luz a su alrededor.

Hablaron durante un buen rato, pero no pude oir las palabras porque el viento era contrario.

Lo que sucedió luego, fue algo que todavía hoy, luego de varios años, muerto ya mi amo y yo a punto de hacerlo, no pude entender....

El Papa giró su mula y se volvió a Roma. Atila hizo caracolear su caballo y de un galope estuvo frente a la tropa que esperaba impaciente, y ante el asombro de todos, ordenó el repliegue y el abandono de la invasión.

Nadie podía creer en lo que estaba ocurriendo. Yo miraba su rostro inescrutable tratando de deducir algo, pero era como mirar una piedra.

El ataque se abandonó.. nos fuimos a las praderas del noreste de Europa y al año siguiente Atila murió mientras planeaba un ataque a Constantinopla.

Mucho tiempo seguí pensando en qué había ocurrido en aquel momento decisivo para Roma.

Primero pensé en que el Papa le habría amenazado con alguna condena divina, pero luego me convencí que eso no habría bastado para hacer retroceder a Atila.

Hoy, cercano al final de mis días, habiendo visto mucho sobre el carácter de los humanos, me animo a afirmar que fue aquella luz que parecía emanar de la blanca figura, la que de alguna manera cambió la decisión del jefe huno. Aquella luz que quizá solamente yo, por mi punto de vista, solo pude captar.

Algo debe haberse conmovido en el espíritu de Atila... algo debe haberlo tocado y con alguna magia especial, cambiado su ánimo y su pensamiento.

Desde entonces, comencé a creer que algo hay más allá de los seres que vamos y venimos por esta tierra bendita.

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