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Desde hace más
de un año, vengo contando historias de las que fui
testigo. Fui perro de grandes personajes de la Historia
y conté siempre lo que mis ojos vieron desde mi posición
canina. Pero nunca había sido protagonista de una
de estas historias y hoy les contaré una, donde yo
soy actor y narrador... es mi historia.
Esta historia mía
comenzó hace muchos años (en realidad no se
exactamente cuantos) en una pequeña localidad del
noreste cordobés, donde nací.
Hijo de padre desconocido,
la vida fue dura para mi mamá y mis hermanos (nueve
en total) que debimos aprender a sobrevivir haciendo uso
y abuso de las estrategias caninas para ese fin (entiéndase
esto como saber usar la simpatía, la viveza criolla
y el buen olfato).
Ya adulto, la vida se
simplificó porque todo consistía en conseguir
un poco de comida diariamente… y en realidad, no me
costaba mucho hacerlo.
Joven y modestamente
apuesto, tuve una vida que podríamos considerar holgada,
pues no tuve nunca dueños ni horarios.
Alguna disparada de
tanto en tanto y algunos fríos de invierno, no lograron
abatir mi buen ánimo, pues mi natural simpatía
hacía que nunca
me faltara un buen hueso
ni alguna damita cariñosa.
Confieso que fui bohemio
en grado superlativo... Podría contar aquí
mil aventuras galantes y otros tantos peligros de los que
salí ileso o solo con algunos sustos, pero no es
ese el motivo de mi relato.
Promediando mi vida,
es decir, cuando los humanos consideran que los perros hemos
llegado a la edad adulta, me encontraba en un lugar de diversión
público de esta población, tratando de conseguir
mi ración diaria, (una piscina para ser mas preciso)
cuando una pedrada de vaya a saber quien, hirió mi
rostro.
Trataba yo de curarme,
cuando un humano se acercó (una humana más
concretamente) y comenzó a consolarme con palabras
dulces.
Desconfiado como siempre,
no manifesté ningún sentimiento hasta no saber
exactamente qué se traía esta mujer.
Pasaron las horas y
Alicia, (que así se llamaba) seguía curándome
y consolándome. Al llegar la hora de marchar y ver
que me llevaban con ellos, pese a las protestas del marido,
mi sorpresa no tuvo límites
Así ingresé
a un hogar excepcional, donde viví muchos años
rodeado de cariño y ternuras.
Todos los integrantes
de la familia me quisieron mucho, hasta el marido que parecía
ser un tipo duro, pero yo sabía que en el fondo me
quería.
Hubo un tiempo en el
que viví con la anciana madre de Alicia y fuimos
compañeros de soledades... hasta que fuimos todos
a vivir juntos a una casa de campo, a la que consideré
una versión terrestre del paraíso perruno.
Los años fueron
pasando y solo tengo hermosos recuerdos de mi vida allí...
mi relación con otros perros de la casa fue siempre
bastante buena y principalmente mi relación con los
humanos fue excepcional.
Gisela, la hija mayor
fue siempre la mas callada conmigo, pero nunca dejaba de
acariciarme al pasar… Ileana en cambio, se sentía
muy atraída por mi (bueno bah.. por todos los perros
en realidad) y Adrián, el pequeño, jugó
conmigo y los demás perros en incontables ocasiones.
Jorge, el marido, parecía,
como ya dije, un tipo duro, pero muchas veces, en la soledad
de la biblioteca familiar, mientras él trabajaba
con su computadora, yo me recostaba a su lado y solía
sentir su mano acariciarme la cabeza en un mudo gesto de
cariño.
Pero la principal fue
Alicia. Con ella era una comunión de almas... Me
bastaba con mirarla para entender su ánimo y hasta
podría decir, su pensamiento.
Ella era la encargada
de bañarme, curarme, cubrirme en las noches de frío
y atender mis llamados cuando desde afuera, yo protestaba
porque me dejaran entrar.
Yo la entendía...
conocía sus estados de ánimo y sabía
cuando la tristeza cubría su semblante. Entonces
me recostaba a su lado y de alguna forma, sentía
que la consolaba un poquito.
Sé que pensaba
mucho en su papá, muerto hacía ya muchos años
y siempre lo recordaba como una persona amante de los perros.
De hecho, creo que yo se lo revivía de alguna manera
especial.
Y así pasaron
muchos años felices... Mi antigua energía
se fue calmando poco a poco y ya los achaques de la vejez
comenzaban a hacerse sentir.
Casi sin quererlo, me
encontré pensando en la otra vida, deseando estar
ya en el Valhala de los perros sin dolores ni pensamientos
tristes.
Pero el dilema era como
llegar, como apresurar el paso cuando, ya decidido, solo
se quiere vivir lo soñado. También sabía
que, un tránsito lento y prolongado, produciría
dolor en mis amigos humanos, especialmente en el de ella.
Creí que lo mejor
era cruzar lo mas rápido posible y quise que ella
fuese mi guía, la hacedora de mi paso a la eterna
felicidad.
Y así fue que,
casi sin pensarlo, caminé al encuentro de su automóvil…
confiado y sereno, deseando llegar cuanto antes a la luz
eterna.
No sentí nada...
cuando desperté, vi un resplandor muy grande y sentí
que una paz serena me envolvía.
Mis dolores desaparecieron,
mis achaques se fueron y mi alma recobró una serenidad
que ya creía perdida para siempre.
Me encontré en
un jardín inmenso, rodeado de seres amables que me
saludaban, me daban la bienvenida y me hacían sentir
feliz.
Vi que algunos de mis
viejos amigos venían a recibirme y supe que desde
ese momento la felicidad sería mi compañera
para toda la eternidad.
Esta es mi historia...
quizás triste para algunos, pero real y mía.
Por eso, porque soy
feliz, quiero que vos Alicia, también lo seas con
mi recuerdo. Yo seré desde aquí tu ángel
blanco y velaré por vos y los tuyos tal como lo hicieron
conmigo.
Siempre te recordaré...
gracias amiga.
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