Blush | Fiat Lux

Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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Un perro en la guerra fría

Contador desde 15.03.01

Desde julio 2004

 

 



Atreyu, un ángel blanco (In memoria) por: Prof. Jorge Bezzi

 

Desde hace más de un año, vengo contando historias de las que fui testigo. Fui perro de grandes personajes de la Historia y conté siempre lo que mis ojos vieron desde mi posición canina. Pero nunca había sido protagonista de una de estas historias y hoy les contaré una, donde yo soy actor y narrador... es mi historia.

Esta historia mía comenzó hace muchos años (en realidad no se exactamente cuantos) en una pequeña localidad del noreste cordobés, donde nací.

Hijo de padre desconocido, la vida fue dura para mi mamá y mis hermanos (nueve en total) que debimos aprender a sobrevivir haciendo uso y abuso de las estrategias caninas para ese fin (entiéndase esto como saber usar la simpatía, la viveza criolla y el buen olfato).

Ya adulto, la vida se simplificó porque todo consistía en conseguir un poco de comida diariamente… y en realidad, no me costaba mucho hacerlo.

Joven y modestamente apuesto, tuve una vida que podríamos considerar holgada, pues no tuve nunca dueños ni horarios.

Alguna disparada de tanto en tanto y algunos fríos de invierno, no lograron abatir mi buen ánimo, pues mi natural simpatía hacía que nunca

me faltara un buen hueso ni alguna damita cariñosa.

Confieso que fui bohemio en grado superlativo... Podría contar aquí mil aventuras galantes y otros tantos peligros de los que salí ileso o solo con algunos sustos, pero no es ese el motivo de mi relato.

Promediando mi vida, es decir, cuando los humanos consideran que los perros hemos llegado a la edad adulta, me encontraba en un lugar de diversión público de esta población, tratando de conseguir mi ración diaria, (una piscina para ser mas preciso) cuando una pedrada de vaya a saber quien, hirió mi rostro.

Trataba yo de curarme, cuando un humano se acercó (una humana más concretamente) y comenzó a consolarme con palabras dulces.

Desconfiado como siempre, no manifesté ningún sentimiento hasta no saber exactamente qué se traía esta mujer.

Pasaron las horas y Alicia, (que así se llamaba) seguía curándome y consolándome. Al llegar la hora de marchar y ver que me llevaban con ellos, pese a las protestas del marido, mi sorpresa no tuvo límites

Así ingresé a un hogar excepcional, donde viví muchos años rodeado de cariño y ternuras.

Todos los integrantes de la familia me quisieron mucho, hasta el marido que parecía ser un tipo duro, pero yo sabía que en el fondo me quería.

Hubo un tiempo en el que viví con la anciana madre de Alicia y fuimos compañeros de soledades... hasta que fuimos todos a vivir juntos a una casa de campo, a la que consideré una versión terrestre del paraíso perruno.

Los años fueron pasando y solo tengo hermosos recuerdos de mi vida allí... mi relación con otros perros de la casa fue siempre bastante buena y principalmente mi relación con los humanos fue excepcional.

Gisela, la hija mayor fue siempre la mas callada conmigo, pero nunca dejaba de acariciarme al pasar… Ileana en cambio, se sentía muy atraída por mi (bueno bah.. por todos los perros en realidad) y Adrián, el pequeño, jugó conmigo y los demás perros en incontables ocasiones.

Jorge, el marido, parecía, como ya dije, un tipo duro, pero muchas veces, en la soledad de la biblioteca familiar, mientras él trabajaba con su computadora, yo me recostaba a su lado y solía sentir su mano acariciarme la cabeza en un mudo gesto de cariño.

Pero la principal fue Alicia. Con ella era una comunión de almas... Me bastaba con mirarla para entender su ánimo y hasta podría decir, su pensamiento.

Ella era la encargada de bañarme, curarme, cubrirme en las noches de frío y atender mis llamados cuando desde afuera, yo protestaba porque me dejaran entrar.

Yo la entendía... conocía sus estados de ánimo y sabía cuando la tristeza cubría su semblante. Entonces me recostaba a su lado y de alguna forma, sentía que la consolaba un poquito.

Sé que pensaba mucho en su papá, muerto hacía ya muchos años y siempre lo recordaba como una persona amante de los perros. De hecho, creo que yo se lo revivía de alguna manera especial.

Y así pasaron muchos años felices... Mi antigua energía se fue calmando poco a poco y ya los achaques de la vejez comenzaban a hacerse sentir.

Casi sin quererlo, me encontré pensando en la otra vida, deseando estar ya en el Valhala de los perros sin dolores ni pensamientos tristes.

Pero el dilema era como llegar, como apresurar el paso cuando, ya decidido, solo se quiere vivir lo soñado. También sabía que, un tránsito lento y prolongado, produciría dolor en mis amigos humanos, especialmente en el de ella.

Creí que lo mejor era cruzar lo mas rápido posible y quise que ella fuese mi guía, la hacedora de mi paso a la eterna felicidad.

Y así fue que, casi sin pensarlo, caminé al encuentro de su automóvil… confiado y sereno, deseando llegar cuanto antes a la luz eterna.

No sentí nada... cuando desperté, vi un resplandor muy grande y sentí que una paz serena me envolvía.

Mis dolores desaparecieron, mis achaques se fueron y mi alma recobró una serenidad que ya creía perdida para siempre.

Me encontré en un jardín inmenso, rodeado de seres amables que me saludaban, me daban la bienvenida y me hacían sentir feliz.

Vi que algunos de mis viejos amigos venían a recibirme y supe que desde ese momento la felicidad sería mi compañera para toda la eternidad.

Esta es mi historia... quizás triste para algunos, pero real y mía.

Por eso, porque soy feliz, quiero que vos Alicia, también lo seas con mi recuerdo. Yo seré desde aquí tu ángel blanco y velaré por vos y los tuyos tal como lo hicieron conmigo.

Siempre te recordaré... gracias amiga.

 

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