| El
gran jefe detuvo su briosa cabalgadura a pocos kilómetros
de la ciudad. Allá, sobre el horizonte, se veían
las torres y las casas.
Detrás del gran jefe,
más de dos mil guerreros sofrenaban con no poco trabajo,
sus caballos de guerra que pugnaban por entrar en acción.
Las lanzas enhiestas hacian que el día pareciera
lluvioso. Los caballos piafaban y había en la atmosfera,
un olor a batalla, mezclado con azufre.
La mano del gran Jefe, levantada,
esperaba el momento propicio, el instante (para él
mágico y preciso), de ordenar el avance a degüello.
De repente, una figura parda
y enjuta apareció, desde la ciudad, galopando hacia
ellos. La minúscula estela de polvo que levantaba
parecía ridícula comparandola con la que pronto
se vería alzada por dos mil furiosos guerreros.
La curiosidad picó al
gran jefe y bajó la mano lentamente, posponiendo
el ataque.
Adelantó su caballo
brioso y salió al encuentro del personaje que llegaba
y que resultó ser un sacerdote. Al rato, ambos estaban
frente a frente y ni yo ni mis compañeros de jauría,
nos ibamos a perder el momento.
Amigos lectores.. si creyeron
que el gran jefe era Atila, se equivocaron... Si creyeron
que la ciudad era Roma.. pues también se equivocaron
y si pensaron que el sacerdote era el Papa Leon I, erraron
de medio a medio.
Similitudes?... coincidencias?...
conexiones?... si.. la Historia suele repetirse y esta vez
el caso es similar al que ya contáramos tiempo atrás.
Formaba yo parte de una pequeña
jauría que seguía los pasos de un gran cacique
indígena. De origen araucano, llegado al país
en la década de 1830, Calfucurá o Piedra
Azul, había reunido en una gran federación
a numerosas tribus pampeanas , con las que se enfrentaba
a menudo contra las tropas del ejército de los blancos
invasores de estas, ahora sus tierras de la pampa argentina.
Aquel día 29 de octubre
del año 1859, habiendo reunido más de dos
mil lanceros, se encontraba dispuesto a saquear la ciudad
de 25 de Mayo, en la provincia de Buenos Aires, en parte
por el botín que preveía jugoso y tentador
(comida, bebidas, cautivas, armas, dinero) y en parte por
vengar la muerte de su amigo Juan de Dios Veloz, ocurrida
en una pulpería de esa ciudad, por obra de un comerciante
llamado Pedro Besabé.
Yo formaba parte de una docena
de perros que conviviamos, algunos con los guerreros o,
como en mi caso, con el cacique Calfucurá.
Ahí estábamos,
entonces, aquella mañana ventosa de octubre, cuando
vimos aparecer la figura parda en el horizonte, y mientras
la mano de Calfucurá bajaba lentamente, frenando
el ataque, nuestras orejas de estiraban para captar todos
los detalles. Cuando el cacique se adelantó, el privilegio
de seguirlo fue solo mío y pude asi enterarme de
la historia.
La sombra parda que se acercaba
era un sacerdote llamado Francisco Bibolini. Italiano de
origen, había llegado a América en 1854 y
al año siguiente, era párroco del joven pueblo
llamado 25 de Mayo. Cuando le avisaron de la proximidad
del malón, sin titubear, vestido con su raída
y vieja sotana, montó su tordillo y haciendo caso
omiso de las súplicas de sus amigos, partió
a encontrarse con el cacique, diciendo: ..a la vida
nadie la tiene comprada.Pertenece a Dios y Él dispone..

Fui testigo presencial del
parlamento entre el bravo Calfucurá y
el gris cura Bibolini.
Hasta aquí, la comparación
de este momento historico con aquel de Atila y Leon I era
casi idéntica.. y los resultados fueron similares,
Luego de conversar largo y tendido, con mezcla de dialectos
indígena, castellano e italiano, la mano del cacique
ordenó un avance lento, tras él y el sacerdote.
Al igual que en la entrevista
entre Atila y León I, nadie fue testigo de lo conversado
(excepto yo, claro) y les puedo contar que el sacerdote
se esforzó por pactar con Calfucurá, haciéndole
entender que más le convenía aceptar un cuantioso
botín pacíficamente, que obtenerlo con sangre
y muertes. En lo que no transigió el cura, fue en
las cautivas y en el cumplimiento de la venganza contra
el comerciante Besabé.
Vi la cara de mi amo en actitud
de pensar... sus ojos se entrecerraron y supe que calculaba
pérdidas y ganancias de la aceptación del
pacto.
Finalmente, una leve sonrisa
cruzó por su rostro y ordenó el avance pacífico
tras el cura. Al llegar a la población, Calfucurá
se hospedó en la casa del propio cura Bibolini y
el resto de la indiada vivaqueó en los alrededores.
Esa noche, mi amo intentó
nuevamente conseguir venganza sobre el comerciante Besabé,
pero el cura fue inflexible y milagrosamente, Calfucurá
aceptó. Al día siguiente, la indiada recibió
todo lo pactado, es decir, víveres, aguardiente en
abundancia, dinero, ropas y vicios.
Bibolini y Calfucurá
se separaron con un apretón de manos y una intensa
mirada. Nunca más se verían.
Al rato, los dos mil lanceros,
el gran Jefe y yo, éramos una nube de polvo en el
horizonte.
Mientras corría a la
par del caballo de mi amo, pensé en las coincidencias
de la Historia y en los motivos por los que aquel hecho,
ocurrido más de mil años atrás, había
podido perdurar en la memoria colectiva y figuraba escrito
en las páginas de la Historia
¿Ocurriría
lo mismo con éste, donde los personajes no eran de
Europa ni (por lo menos uno de ellos) de la jerarquía
de un Papa? El tiempo lo diría, pero yo abrigaba
serias dudas al respecto.
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