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Revista digital de cultura y humanidades dirigida por Cintia Vanesa Días

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Don Felipe Ibarra... Tragedia, humor y romanticismo por: Prof. Jorge Bezzi

Mi vida de perro transcurre esta vez, en el siglo XIX, en su primera mitad. Mi espacio, es la más antigua ciudad de lo que es hoy la República Argentina y que, por aquel entonces, recibía el nombre de “Provincias Unidas del Río de la Plata”, ex Virreinato español del mismo río. La ciudad en cuestión, se llamaba Santiago del Estero, y gozaba del honor de ser la primera de estas tierras.

Mi amo por ese entonces, era un sesentón recio y bien plantado. No muy alto, robusto en su contextura y de pelo lacio y negro todavía. Gustaba pasearse conmigo por un parque de la casa de gobierno en la ciudad de Santiago del Estero, la más antigua.

El Brigadier General Don Juan Felipe Ibarra, allá por 1850, se dolía de la muerte del General San Martín, bajo cuyas órdenes combatió en el Ejército del Norte, y solía dar largos paseos conmigo hablándome de su vida, sin saber que al año siguiente le tocaría a él.

Recuerdo su voz profunda, su mano acariciadora y su emoción en algunos relatos. No puedo jurar que lloraba, pero debía haber tenido un gran nudo en la garganta cuando contaba algunas cosas. De todas esas confidencias, recuerdo tres que son las que más me impactaron.

Ignoro que necesidad tenía de contármelas a mí, un triste perro... Quizás porque sabía que guardaría su secreto mejor que nadie y necesitaba, a la vez, volcar su alma contándolo a alguien.

Decía que tres de esas confidencias me conmovieron y hoy, quiero contarlas a ustedes, no para violar secretos ni cometer infidelidades, sino para que tengan otro parámetro al valorar a este hombre que gobernó por 30 años la provincia de Santiago del Estero, en épocas duras, donde el país crecía y unitarios y federales luchaban a muerte por el poder.

De paso... creo que viene bien recordar aquí, que nuestra patria siempre estuvo bajo el influjo de dos corrientes opuestas y enfrentadas: morenistas y saavedristas, republicanos y monárquicos, provincianos y porteños, unitarios y federales, liberales y conservadores, radicales y demócratas, peronistas y radicales..... Casi dos siglos enfrentándose los hermanos, tratando de hacer flamear cada cual su bandera, sin caer en la cuenta que la bandera de la patria es una sola...

Son cosas de humanos, pero me duele verlos así...

De las tres cosas que, les decía, me impactaron de don Felipe Ibarra (él mismo suprimió el Juan en su firma), una es trágica, la otra cómica y la otra romántica.

En este orden me fueron contadas, y así las quiero retransmitir.

Corría el año 1823 en las Provincias Unidas del Río de la Plata. A poco tiempo de la batalla de Cepeda, los caudillos hacían sentir su presencia en casi todas las provincias y don Felipe Ibarra, gobernaba la suya con mano firme.

Un decreto suyo, lanzó la primera acuñación de monedas de plata en su tierra. El objetivo era fomentar el comercio y despertar la economía provincial. Pero resultó que un boticario de apellido Sauvage, se lanzó a fabricar monedas falsas y fue descubierto y azotado por expresa orden del gobernador.

Deseoso de venganza, el alquimista tramó un plan y en una oscura noche veraniega, previo haber constatado que el gobernador dormía en determinada cama del patio (junto a otros) para mitigar el calor, penetró a la residencia (por aquellas épocas se acostumbraba dormir con puertas abiertas!) y dirigiéndose a la supuesta cama del gobernador, descerrajó el disparo mortal al bulto que allí yacía.

En este punto del relato, una mueca, mezcla de sonrisa y tristeza, pasó por la cara de don Felipe. Acariciándome, me dijo:

“-Sabés?... sin presentir nada, esa noche le ofrecí mi cama a un huésped, para que estuviera más cómodo y fresco, y fue él la víctima inocente de aquel loco.”

Sauvage fue perseguido, capturado y condenado a sufrir la pena de fusilamiento. Eran tiempos violentos y la primitiva ley del Talión, parecía ser moneda corriente entre aquella gente sin demasiadas complicaciones filosóficas.

Claro, no faltó quien tildara a Ibarra de salvaje y cruel...

Pocos años después, en medio de las continuas guerras internas, y ahora enfrentados además con el imperio del Brasil, el Congreso decide crear (ante la renuncia de Las Heras), un Poder Ejecutivo permanente, separado del cargo de Gobernador de Buenos Aires, y designa en él, nada menos que a don Bernardino Rivadavia, recién llegado de Europa.

Este personaje, no era del agrado de los caudillos del interior y menos aún lo fue, la Constitución que “luego” de su asunción, fue proclamada y legalizando a posteriori, la “ley de presidencia”.

Distintos emisarios partieron hacia el interior llevando copia de tal carta a los gobernadores. Ninguno la aceptó. Algunos, como Bustos de Córdoba, la devolvieron sin leer, pero la anécdota risueña ocurrió en Santiago, hasta donde llegó el emisario del Presidente Bernardino Rivadavia.

Era un día caluroso del enero santiagueño y el enviado de Buenos Aires llegaba luego de viajar horas por caminos polvorientos y vestido de rigurosa etiqueta.

La transpiración cubría el rostro del enviado, que fue introducido al despacho del gobernador con orden de esperar unos minutos.

Esos minutos se hicieron horas y a medida que pasaba el tiempo, mas calor, nerviosismo y transpiración cubrían la frente del digno representante porteño.

Por fin, el gobernador apareció... pero cual sería la sorpresa del porteño cuando vio a un señor con vincha en la cabeza, camisa holgada y... calzoncillos. !!

Don Felipe se reía mientras me lo contaba y decía que el porteño no necesitó de palabras para comprender el rechazo a la pretendida Constitución dictada por Rivadavia.

Pensé entonces, en la simpleza de aquella gente, en como hacían las cosas pura y simplemente, sin vueltas, sin discursos vacíos ni cursis protocolos... y así hicieron la Patria!

La tercera de sus anécdotas favoritas, lo ponían triste y melancólico.

Quizá sea yo, uno de los pocos que la conocen... quizás no haya encontrado a nadie en quien confiar, este rudo y duro hombre descendiente de linajudas familias españolas y avenido en gobernador a fuerza de corazón, mano firme y valor.

Me contaba con voz quebrada, que en 1823, contrae matrimonio por poder con Ventura Saravia, de noble familia salteña.

Nadie supo ni sabrá, si la novia accedió de buen grado a este matrimonio (Ibarra tenía en ese entonces 36 años), pero por respeto a la decisión de su padre o por el sentimiento que fuere, la dama llegó una tarde a Santiago, proveniente de su Salta natal.

La esperaban el Gobernador y novísimo marido, y las autoridades de la ciudad.

Tras un pequeño agasajo, el matrimonio se dirigió a su nuevo hogar.

Al amanecer del día siguiente, don Felipe ordena atar nuevamente los caballos al carruaje, y Ventura partió de regreso a su tierra

¿Qué ocurrió en esa noche nupcial en la casa del Gobernador?...

Ibarra nunca lo expresó, pero, conociéndolo, puedo suponer que ante la confesión de Ventura, de que esa boda era más una imposición paterna que un deseo amoroso, caballerosamente decidió enviarla de regreso.

Cuando me lo contaba, llegado a este punto se ponía melancólico, me daba la espalda (¿habría una lágrima furtiva por su áspera mejilla?) y se adelantaba varios pasos.

Ella volvería recién en 1851, a su lecho de enfermo moribundo y lo acompañaría hasta su fin, el 15 de julio de ese año.

Pobre don Felipe... por poco tiempo no alcanzó a ver a su patria organizada bajo la Constitución “representativa, republicana y federal” de 1853.

No puedo evitar un sabor amargo al pensar en aquellos personajes como don Felipe Ibarra, caudillo, Gobernador y Brigadier General del ejército argentino, duros y simples, sin pretensiones personales ni cegados por la ambición, pero que en su accionar, supieron construir los cimientos de este país.

Tampoco puedo evitar las comparaciones entre el ayer y el hoy, esencia de la Historia... y ahí es entonces cuando algunos humanos me parecen tan chiquititos...

Hasta la próxima amigos...

 

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