| Mi vida
de perro transcurre esta vez, en el siglo XIX, en su primera
mitad. Mi espacio, es la más antigua ciudad de lo
que es hoy la República Argentina y que, por aquel
entonces, recibía el nombre de Provincias Unidas
del Río de la Plata, ex Virreinato español
del mismo río. La ciudad en cuestión, se llamaba
Santiago del Estero, y gozaba del honor de ser la primera
de estas tierras.
Mi amo por ese entonces, era un sesentón
recio y bien plantado. No muy alto, robusto en su contextura
y de pelo lacio y negro todavía. Gustaba pasearse
conmigo por un parque de la casa de gobierno en la ciudad
de Santiago del Estero, la más antigua.
El Brigadier General Don Juan Felipe Ibarra,
allá por 1850, se dolía de la muerte del General
San Martín, bajo cuyas órdenes combatió
en el Ejército del Norte, y solía dar largos
paseos conmigo hablándome de su vida, sin saber que
al año siguiente le tocaría a él.
Recuerdo su voz profunda, su mano acariciadora
y su emoción en algunos relatos. No puedo jurar que
lloraba, pero debía haber tenido un gran nudo en
la garganta cuando contaba algunas cosas. De todas esas
confidencias, recuerdo tres que son las que más me
impactaron.
Ignoro que necesidad tenía de contármelas
a mí, un triste perro... Quizás porque sabía
que guardaría su secreto mejor que nadie y necesitaba,
a la vez, volcar su alma contándolo a alguien.
Decía que tres de esas confidencias
me conmovieron y hoy, quiero contarlas a ustedes, no para
violar secretos ni cometer infidelidades, sino para que
tengan otro parámetro al valorar a este hombre que
gobernó por 30 años la provincia de Santiago
del Estero, en épocas duras, donde el país
crecía y unitarios y federales luchaban a muerte
por el poder.
De paso... creo que viene bien recordar
aquí, que nuestra patria siempre estuvo bajo el influjo
de dos corrientes opuestas y enfrentadas: morenistas y saavedristas,
republicanos y monárquicos, provincianos y porteños,
unitarios y federales, liberales y conservadores, radicales
y demócratas, peronistas y radicales..... Casi dos
siglos enfrentándose los hermanos, tratando de hacer
flamear cada cual su bandera, sin caer en la cuenta que
la bandera de la patria es una sola...
Son cosas de humanos, pero me duele verlos
así...
De las tres cosas que, les decía,
me impactaron de don Felipe Ibarra (él mismo suprimió
el Juan en su firma), una es trágica, la otra cómica
y la otra romántica.
En este orden me fueron contadas, y así
las quiero retransmitir.
Corría el año 1823 en las
Provincias Unidas del Río de la Plata. A poco tiempo
de la batalla de Cepeda, los caudillos hacían sentir
su presencia en casi todas las provincias y don Felipe Ibarra,
gobernaba la suya con mano firme.
Un decreto suyo, lanzó la primera
acuñación de monedas de plata en su tierra.
El objetivo era fomentar el comercio y despertar la economía
provincial. Pero resultó que un boticario de apellido
Sauvage, se lanzó a fabricar monedas falsas y fue
descubierto y azotado por expresa orden del gobernador.
Deseoso de venganza, el alquimista tramó
un plan y en una oscura noche veraniega, previo haber constatado
que el gobernador dormía en determinada cama del
patio (junto a otros) para mitigar el calor, penetró
a la residencia (por aquellas épocas se acostumbraba
dormir con puertas abiertas!) y dirigiéndose a la
supuesta cama del gobernador, descerrajó el disparo
mortal al bulto que allí yacía.
En este punto del relato, una mueca, mezcla
de sonrisa y tristeza, pasó por la cara de don Felipe.
Acariciándome, me dijo:
-Sabés?... sin presentir nada,
esa noche le ofrecí mi cama a un huésped,
para que estuviera más cómodo y fresco, y
fue él la víctima inocente de aquel loco.
Sauvage fue perseguido, capturado y condenado
a sufrir la pena de fusilamiento. Eran tiempos violentos
y la primitiva ley del Talión, parecía ser
moneda corriente entre aquella gente sin demasiadas complicaciones
filosóficas.
Claro, no faltó quien tildara a Ibarra
de salvaje y cruel...
Pocos años después, en medio
de las continuas guerras internas, y ahora enfrentados además
con el imperio del Brasil, el Congreso decide crear (ante
la renuncia de Las Heras), un Poder Ejecutivo permanente,
separado del cargo de Gobernador de Buenos Aires, y designa
en él, nada menos que a don Bernardino Rivadavia,
recién llegado de Europa.
Este personaje, no era del agrado de los
caudillos del interior y menos aún lo fue, la Constitución
que luego de su asunción, fue proclamada
y legalizando a posteriori, la ley de presidencia.
Distintos emisarios partieron hacia el interior
llevando copia de tal carta a los gobernadores. Ninguno
la aceptó. Algunos, como Bustos de Córdoba,
la devolvieron sin leer, pero la anécdota risueña
ocurrió en Santiago, hasta donde llegó el
emisario del Presidente Bernardino Rivadavia.
Era un día caluroso del enero santiagueño
y el enviado de Buenos Aires llegaba luego de viajar horas
por caminos polvorientos y vestido de rigurosa etiqueta.
La transpiración cubría el
rostro del enviado, que fue introducido al despacho del
gobernador con orden de esperar unos minutos.
Esos minutos se hicieron horas y a medida
que pasaba el tiempo, mas calor, nerviosismo y transpiración
cubrían la frente del digno representante porteño.
Por fin, el gobernador apareció...
pero cual sería la sorpresa del porteño cuando
vio a un señor con vincha en la cabeza, camisa holgada
y... calzoncillos. !!
Don Felipe se reía mientras me lo
contaba y decía que el porteño no necesitó
de palabras para comprender el rechazo a la pretendida Constitución
dictada por Rivadavia.
Pensé entonces, en la simpleza de
aquella gente, en como hacían las cosas pura y simplemente,
sin vueltas, sin discursos vacíos ni cursis protocolos...
y así hicieron la Patria!
La tercera de sus anécdotas favoritas,
lo ponían triste y melancólico.
Quizá sea yo, uno de los pocos que
la conocen... quizás no haya encontrado a nadie en
quien confiar, este rudo y duro hombre descendiente de linajudas
familias españolas y avenido en gobernador a fuerza
de corazón, mano firme y valor.
Me contaba con voz quebrada, que en 1823,
contrae matrimonio por poder con Ventura Saravia, de noble
familia salteña.
Nadie supo ni sabrá, si la novia
accedió de buen grado a este matrimonio (Ibarra tenía
en ese entonces 36 años), pero por respeto a la decisión
de su padre o por el sentimiento que fuere, la dama llegó
una tarde a Santiago, proveniente de su Salta natal.
La esperaban el Gobernador y novísimo
marido, y las autoridades de la ciudad.
Tras un pequeño agasajo, el matrimonio
se dirigió a su nuevo hogar.
Al amanecer del día siguiente, don
Felipe ordena atar nuevamente los caballos al carruaje,
y Ventura partió de regreso a su tierra
¿Qué ocurrió en esa
noche nupcial en la casa del Gobernador?...
Ibarra nunca lo expresó, pero, conociéndolo,
puedo suponer que ante la confesión de Ventura, de
que esa boda era más una imposición paterna
que un deseo amoroso, caballerosamente decidió enviarla
de regreso.
Cuando me lo contaba, llegado a este punto
se ponía melancólico, me daba la espalda (¿habría
una lágrima furtiva por su áspera mejilla?)
y se adelantaba varios pasos.
Ella volvería recién en 1851,
a su lecho de enfermo moribundo y lo acompañaría
hasta su fin, el 15 de julio de ese año.
Pobre don Felipe... por poco tiempo no alcanzó
a ver a su patria organizada bajo la Constitución
representativa, republicana y federal de 1853.
No puedo evitar un sabor amargo al pensar
en aquellos personajes como don Felipe Ibarra, caudillo,
Gobernador y Brigadier General del ejército argentino,
duros y simples, sin pretensiones personales ni cegados
por la ambición, pero que en su accionar, supieron
construir los cimientos de este país.
Tampoco puedo evitar las comparaciones entre
el ayer y el hoy, esencia de la Historia... y ahí
es entonces cuando algunos humanos me parecen tan chiquititos...
Hasta la próxima amigos... |