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Sólo
la escuela que acoge y alienta con optimismo cada intento
de afirmación personal eleva el clima de su pedagogía
donde son posibles los milagros y donde el maestro llega
a ser el amigo más querido y mejor comprendido
(Didáctica de la libre expresión p. VI)
La pluma
del maestro
A partir de su labor a lo largo
de veinte años como maestro rural en la Escuela N°
11 de Tristán Suárez, el maestro Luis F. Iglesias
elaboró propuestas renovadoras de la didáctica
en todas la áreas de la educación básica
que aún hoy sesenta años después
de haber sido concebidas asombran.
Esto escribía Luis Iglesias
acerca de la lectura, a propósito de la biblioteca
escolar:
"La 'Biblioteca menor',
para los más chicos, es como un escaparate que ofrece
mercadería al público exponiendo las tapas
policromas de los cuadernillos y libros. [...] A los niños
les gusta ¿quién no lo sabe? elegir
los libros por las tapas y las ilustraciones; con ello están
delineando el tipo de mueble que necesita la biblioteca
infantil. Verlo todo con sus ojos, dar vuelta y rebuscar
todo con sus manos, son condiciones que es necesario respetar
si de veras se piensa en la formación del niño
lector." (La escuela rural unitaria, Capítulo
VII: "Lectura y literatura".)
"Les leo un capítulo
de Platero, 'Juegos del anochecer', y lo saborean. Cambio
al leer muchos vocablos: linyera por mendigo, rengo por
cojo... que me perdone don Juan Ramón. Tampoco uso
la jerga andaluza, y digo: "Mi padre tiene una
escopeta..." Así, todo va bien. Les leo por
leer, porque nos gusta a todos. Antes les he prevenido que
no hay que hacer ningún trabajo, sino que vamos a
gustar de una página sin intención alguna."
(Diario de ruta. Los trabajos y los días de un maestro
rural.)
Conversaciones
Tuvimos el privilegio de que
el maestro Iglesias nos recibiera en su casa de Barracas,
un barrio de la ciudad de Buenos Aires. Estas son algunas
de las cosas que le preguntamos y lo que recordó.
¿Hay alguna idea
que pueda sintetizar su labor como maestro?
Creo que sería
la de la abundancia. En la escuela se hablaba mucho, se
escribía mucho, se leía mucho, se discutía
mucho. Nuestro salón estaba en permanente movimiento.
Eran inconcebibles el silencio y la quietud.
¿Cómo decidió
ser maestro?
En realidad, nunca supe
bien por qué ingresé a la escuela normal.
En ese entonces, la Normal de Lomas de Zamora era para "gente
bien" que pasaba algunos años por la escuela
y luego iba al Colegio Militar o a la Escuela Naval. Yo
era un caso raro. Creo que en mi vocación influyó
mucho una maestra, Isolina Maffía, gran luchadora,
socialista, pacifista, gran lectora y propagandista del
trabajo humano, que me inició en la inquietud por
lo social. Pero, en realidad, yo tenía una gran duda:
no sabía si quería ser maestro o escritor.
¿Cómo resolvió
esa duda?
No la resolví.
Con el tiempo fui asumiendo que iba a ser maestro y escritor.
¿Quisiera hablarnos
un poco de su escritura?
Curiosamente, aunque
casi todos mis libros tienen que ver con la escuela y la
enseñanza, el primer libro que escribí fue
una novela. Tenía yo diecisiete años y tuve
que permanecer cuarenta días inmóvil porque
en un partido de fútbol me fracturaron una pierna.
En esa época escribí El tamborcillo: palabras
de un niño contra la guerra. Escribí este
libro para contestar al capítulo "El Tamborcillo
Sardo" del libro Corazón. Diario de un niño,
de Edmundo D´Amicis. Yo sentía que las emociones
que transmitía ese libro deshumanizaban y eran contrarias
a la paz. A través de la imagen de un niño
heroico, nacionalista, se justificaba la guerra. Mi libro
tiene un claro contenido pacifista. Se lo dediqué
a mi maestra Isolina Maffía.
En La escuela rural unitaria,
en Diario de ruta, en Didáctica de la libre expresión,
se nota una preocupación muy clara por el respeto
a la palabra de los niños. ¿Quisiera hablarnos
un poco de esto?
No hay aprendizaje posible
sin el respeto a la palabra del otro. En nuestra escuela
los conocimientos se adquirían de un modo vivencial.
Utilizábamos el lenguaje cotidiano no solo para hablar,
sino para escribir. En Viento de estrellas, que es una antología
de creaciones infantiles, se puede percibir y disfrutar
el habla cotidiana, plena de belleza y cercana a las experiencias
y a las emociones de los niños.
Usted acaba de utilizar
una palabra: emociones. ¿Podría hablarnos
un poco de la escuela emotiva?
En la época en
la que yo me formé no se le daba mucha importancia
a las emociones. Lo lógico, lo racional, era lo que
se valoraba. Hablar de emociones era hablar de algo que
se confundía con la sensiblería. Desde del
inicio de mi trabajo como maestro, yo advertí que
si no sentía la vida cotidiana de los niños
y si ellos no podían reflejarla a través de
sus trabajos escolares, los conocimientos que adquirieran
no tendrían ningún sentido para sus vidas.
De esto hablo en La escuela emotiva que es uno de mis primeros
ensayos sobre temas pedagógicos.
Datos
biográficos
Luis Fortunato Iglesias nació
en la provincia de Buenos Aires en 1915. Durante veinte
años se desempeñó como maestro único
en la Escuela Rural Unitaria N° 11 de Tristán
Suárez y reunió sus experiencias en varios
libros, entre ellos, La Escuela rural unitaria.
Hasta 1976 fue miembro directivo
del periódico Educación Popular. Recibió
numerosos reconocimientos en la Argentina y en diferentes
partes del mundo.
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