| Un gran idealismo,
producto de la creencia en el progreso como salvación,
invadió los primeros años del siglo XX. En
América Latina se habían dado guerras de Independencia
y habían surgido diversos planes políticos
y económicos. En el terreno artístico, los
movimientos de vanguardia rompían con la tradición
academicista y exhortaban a los creadores a la experimentación.
A pesar de que en México había
diversas tendencias artísticas, una de éstas
fue la que planteaba que la creación fuera un reflejo
de la realidad, por lo que se esperaba que el arte fuese
un "medio" propagandístico a favor de la
revolución, capaz de intervenir en la realidad social
y cuyo espectador debía ser el pueblo. Esta visión
influenció, sin duda, a los muralistas que acababan
de vivir en carne propia la experiencia de la Revolución
Mexicana de 1910, en contra del régimen de Porfirio
Díaz.
Con el nombramiento del pintor Alfredo Ramos
Martínez como director de la Escuela de Nacional
de Artes Plásticas en 1913, comienza a despertar
un sentido nacionalista en la plástica mexicana Posteriormente,
fue Gerardo Murillo, mejor conocido como el Dr. Atl, quien,
al suceder a Ramos en el cargo, inculcó en los nuevos
artistas una manera distinta de crear.
El muralismo fue también promovido
por José Vasconcelos, Secretario de Educación
Pública durante la presidencia de Álvaro Obregón.
Vasconcelos puso a la disposición de los artistas
los muros de los edificios públicos, como parte de
una política de educación popular, que intentaba
reforzar el conocimiento de la historia revolucionaria de
México.
Diego Rivera, José Clemente Orozco,
David Alfaro Siqueiros y otros artistas de esta tendencia,
se organizaron en la Unión de Trabajadores Técnicos,
Pintores y Escultores, y, a través del periódico
El machete, difundieron sus ideas políticas. Una
de sus posturas era favorecer la monumentalidad con temas
que reforzaran la identidad nacional y el rescate de los
valores prehispánicos y combinar arquitectura y pintura
en mensajes que pudieran ser descifrados por las masas.
Aún así, una de las críticas que recibió
este movimiento fue el hecho de que los campesinos, obreros
e indígenas a los que se exaltaba en los murales,
nunca constituyeron el verdadero público de este
trabajo.
El muralismo representó, además
de un movimiento político, un estilo estético
independiente de las tendencias europeas que predominaban
en ese momento, e hizo un especial énfasis en la
figura humana y en el color.
En cuanto a la técnica, puede decise
que los muralistas redescubrieron el empleo del fresco y
de la encáustica, y utilizaron nuevos materiales
y procedimientos que aseguraban la duración de las
obras pintadas al exterior. Siqueiros, por ejemplo, empleó
como pigmento pintura de automóviles y cemento coloreado
con pistola de aire; Rivera, Orozco y Juan O'Gorman emplearon
mosaicos en losas precoladas, mientras que Pablo O'Higgins
utilizó losetas quemadas a temperaturas muy altas.
|